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sábado, 23 de octubre de 2010

Rubber


Sitges calling...

Admito que no os he reportado todo cuanto vi en Sitges de manera cronológica, ni siquiera dentro de fecha. Bueno, pido discuplas de nuevo. El caso es que de igual forma vais a poder leer todo lo que visioné. Aunque sea con un poco de retraso. Pero lo prometido es deuda.

Esta película, Rubber, es la historia de una rueda de coche asesina, con poderes telepáticos. No, no es una broma. Tampoco es serie z. Si, el argumento inicial es hilarante, absurdo diría yo. Hasta el momento en que la ví, no pude convencer a nadie de que sería una buena película, yo creía esto por el trailer (que es increíble), las críticas suscitadas, y el apoyo que trajo desde Cannes. El caso es que su sinopsis creaba una barrera de prejuicios demasiado fuerte para derribar sin más argumentos, que "he leído que es buena". Debía verla para defenderla, y Sitges era el lugar y el momento perfectos para hacerlo.



Una vez vista; diría que Rubber no tiene una narrativa concreta (¿debe tenerla?), tampoco tiene estados dramáticos definidos (¿acaso los necesita?). No, Quentin Dupieux es un cineasta de autor, que quiere reformular la narrativa imperante en el cine comercial de Hollywood con esta película, eso si, con ironía. Bueno, por ahora espero que al haber oído la palabra "autor", comiencen a sucederse cambios en los molestos juicios a priori. Pues sigo, la película funciona a la perfección, pues ya en su prólogo perpara mental y espiritualmente a la audiencia para lo que van a ver. De buenas a primeras, sigue sorprendiendo pese a esta "advertencia inicial" el ver cómo comienza la vida para éste objeto, y cómo descubre la capacidad de destruir innata en todo ser (una rueda inclusive), y cómo, de un súbito lapso evolutivo, sofistica esta manera de acabar con las vidas de otros seres. De verdad, no estoy sobreinterpretando, pero apostaría a que la sala se quedó compungida por la manera en la que se refería a nosotros, al ser humano. Bueno, no se porqué estoy hablando de la película. No merece la pena hablar de ella. Aquí estamos ante un fenómeno. Un hecho que se llama "prejuicio", y hay que desmontarlo. Creo que puedo defender esta película una vez la he visto, repito que la sinopsis no lo es todo. Hay algo más detras de todo esto. No deberíamos anteponer una crítica a algo que suena disparatado, o irreal... porque el cine es irreal y disparatado. Pienso que es esencial tener claro esto último, para mí, construye la esencia misma de las películas. En cualquier caso, es impresicindible ver algo para hablar de ello, una crítica de algo que no existe en la mente del que está exponiendola, sencillamente no es nada, porque no hay nada de que hablar.

Dejo el debate medioabierto, y me centro en lo que me ocupa. Decir que el final concluye con un epílogo en esta ocasión, a modo de moraleja. Una moraleja para nosotros, los espectadores. Que por cierto, también aparecemos en la película. Pero bueno, repito, no diré más. Tenéis que verla.

martes, 2 de marzo de 2010

Bajo del mar...


-Bob Esponja-

Tuve noción por vez primera de ésta serie a mis tiernos dieciséis años. Ya ha llovido desde entonces. Estábamos en casa de un amigo, pasábamos la noche bebiendo, comiendo y jugando al rol entre otras cosas… Hasta que decidimos amanecer con la sesión matinal de dibujos animados que ofrecía un canal de pago. Disfrutamos con algunas de las series de nuestra niñez, nos disturbio la presencia de alguna que otra serie anime de roedores infrainfantiles y discapacitados… y llegó el momento en que el cálido ambiente se silenció; “A continuación Bob Esponja”. Es curioso escuchar un título así por primera vez. Difícil de describir, pues la gente (supongo) estará acostumbrada hoy en día, a la existencia de este simpático personaje amarillo. El caso es que el shock fue tal, que las risillas no comenzaron a escucharse hasta pasados un par de minutos. Tras otro par, nos moríamos de risa. Quedamos noqueados. El saber que el protagonista era una esponja, su introducción musical, los personajes que completaban el elenco… Obviamente la anécdota nos marcó a mis amigos y a mí, más que la serie en sí, pues la atención prestada fue poca, y las risas y bromas, muchas. Ese bichejo submarino supuso un icono para nosotros durante un tiempo. Sólo un tiempo.
Durante el resto de los años he visto la evolución del bueno de Bob y su fama adquirida, con una ligera sonrisa como resultado del recuerdo. Nada más. Ni mucho menos tuve en mente en ningún momento sentarme a disfrutar de esta serie desde entonces. Hasta que en una tarde-noche, decidí ver un capítulo por nostalgia. Ahora añado esa media hora de disfrute a series como Los Simpson y Padre de Familia, de manera casi religiosa (“casi”, pues no creo en dogmas). Y digo esto último, porque creo que esta serie es una de las que mejor se ajustan a la expresión de “serie de dibujos adulta”. Y esto es muy sencillo de explicar. Para mí los dibujos animados deberían poder ser vistos y disfrutados por los niños. Es injusto arrebatarles el derecho a ver dibujos, y enfocarlos sólo a los adultos. El equilibrio está en una serie que los pequeñajos disfruten mucho, y los adultos casi lo mismo, o más. Cuando estas cosas no se cumplen… tenemos una serie adulta sin más, lo de “dibujos animados” sobra, “de animación” si acaso.

Y es que esta ingeniosa serie derrocha ironía por todos sus poros. Cualquier persona adulta que se pare a verla, descubrirá que conecta al instante con ella. Pues los personajes son arquetipos de una sociedad que va mas allá de la norteamericana, son simplemente arquetipos de personas en general. El avaro, el amargado, el ignorante, el ingenuo… Caracterizados en el cuerpo de animalillos del océano. Con sus aventuras y desventuras nos narran por lo general una historia facilona (Bob se hace daño en el trasero, o tiene que escribir una redacción) asequible a la comprensión de los niños, pero por otro lado, y gracias a la manera de plantear las situaciones por parte de los guionistas, y a la expresividad que se les otorga a los personajes; todo ello adquiere un matiz distinto (Bob padece agorafobia extrema, o huye de la responsabilidad como cualquier estudiante adulto). Más fresco si cabe.



Y es que tras esto, y en la medida en que sus creadores nos lanzan un guiño entre sutil y evidente a los adultos, uno se enamora más de nuestra querida esponja, y asume su show como uno de los más gamberros en horario infantil. Dudamos incluso de que los niños disfruten de él al mismo nivel que nosotros.

Otro de los aspectos que es de agradecer, es apostar por el humor absurdo. Como hicieron en su momento los Monthy Pyton. Un humor absurdo depurado, no estúpido y aleatorio. Sin abusar del “sin-sentido”, como estupideces del tipo “Alejo y Valentina” y demás… Con este tipo de gags, que irrumpen en el “realismo” de la serie, nos desconcertamos y reímos a partes iguales. Son creativos. Ingeniosos. Desternillantes. Pongo la palabra “realismo” entre comillas, pues poco tiene de realista a pesar de ser una serie animada sobre el fondo del mar. Los peces, calamares, y demás criaturas… no nadan. Andan bajo la superficie. Hay fuego bajo el mar. ¡Se dan baños! En fin, las limitaciones de la vida submarina son completamente violadas.

A esta serie, pocas pegas puedo poner. Pero las pongo aun así. Porque es una serie de dibujos. Y me sobran los interludios grabados con personas. Actores patéticos que hacen el payaso intentando siquiera, tener la misma expresividad de los maravillosos dibujos del serial para el que trabajan. Fuera. Son innecesarios. Bob Esponja no los necesita. Se sobra por sí mismo.

Stephen Hillenburg fue su creador. Un artista y biólogo marino que sabía lo que se hacía al dar a luz a su pequeña criatura. Sabía que su serie sería aceptada por la mayoría de gente, pero que a su vez un público, su público, sería el que recibiría de buena gana todas esas alusiones artísticas, cinéfilas, musicales (sobretodo a bandas de heavy metal, rock y rock alternativo) y por supuesto de biología marina (para los más doctos en el tema). Lo admito, a pesar de no ser un gran experto sobre lo que hay bajo del mar, me uno a este gran publico.